La interpretación del amor en la Historia del Arte



COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO SOBRE LA INTERPRETACIÓN DEL AMOR EN LA HISTORIA DEL ARTE






Cercanos al 14 de febrero, día de San Valentín, queremos hacer un recorrido a lo largo de la Historia del Arte para conocer las principales representaciones que ha tenido el amor hasta nuestros días. Empezaremos por responder una cuestión, ¿quién es San Valentín y por qué se le vincula a tan romántico día?

Pues lo primero que hay que comentar es que, posiblemente, Valentín de Roma nunca existiera. No hay pruebas de que este mártir viviera en la que fue el centro del mundo clásico. Es más, a día de hoy, tras la celebración del Concilio Vaticano II en los años 60 se eliminó del santoral. Pero tal ha sido la tradición, que se mantiene en el recuerdo popular la festividad de San Valentín.

Respondiendo a la pregunta que hemos lanzado. Valentín fue un obispo de finales del siglo III, que fue ejecutado por no renunciar al cristianismo. Todavía no estaba implantado en el imperio romano, no será hasta el año 380 con el emperador Constantino. Pero, sobre todo, fue por haber casado, a escondidas, a soldados romanos. Este acto se ocultaba, ya que el emperador Claudio II prohibió el matrimonio entre los miembros de su ejército profesional. Es por ello, que a San Valentín se le vincula con el amor y los enamorados.

Aunque esta festividad no está ya recogida en el calendario litúrgico, en muchas parroquias se sigue celebrando. Incluso el papa Francisco I tuvo a bien participar en los cultos a San Valentín en 2014, en un intento de recuperar la religiosidad de una onomástica que no sabemos a día de hoy todavía, si llegó a existir en vida.

La Reina de la Noche, Ishtar (1800-1750 a.C.). British Museum.

Retomando el hilo histórico, damos marcha atrás en el tiempo y nos situamos en Mesopotamia. En el mundo sumerio, la diosa Inanna era la representación del amor y también se la vinculaba a la guerra. No será la primera vez que una historia de amor desemboque en una batalla. Además, era la protectora de la ciudad de Uruk. Una civilización que vinculaba sus dioses a lo astral, en este caso al planeta Venus, que más adelante asumirán civilizaciones tan importantes como la griega o la romana. Iremos viendo cómo todo es una concatenación de herencias sociales, culturales, económicas y religiosas.

Era la diosa madre por excelencia del mundo mesopotámico. Tal era la fertilidad que desprendía que de ella brotaba la vida. Quizás a todos nos suene la Puerta de Ishtar, que hoy se puede contemplar en el Museo de Pérgamo, de Berlín. Pues Ishtar e Inanna acabaron siendo la misma diosa, desde que Sargón de Acad (h. 2.300 a.C.) las unificara en una misma deidad. ¿Por qué tuvo este gesto Sargón con ella? Pues porque según la leyenda, que él mismo creó, era un simple jardinero, hijo de una sacerdotisa y que no conoció padre, al que se le apareció la diosa para ser su amante y esto le permitió llegar a ser el gobernante de Acadia. Es por eso que durante su mandato se asentó su devoción. Su culto estaba muy vinculado al amor carnal y al sexo, llegando a ser incluso violento en sus ritos. Sus templos albergaban prostitutas sagradas para consagrar la fertilidad y asegurar la procreación de la población.

Continuamos, por tanto, con la diosa Ishtar que se asentó con esta denominación en el mundo babilónico, incluso se extendió por otras culturas cercanas como la fenicia bajo el nombre de Astarté. En este caso, Ishtar es la diosa del amor carnal, del sexo, protectora de las prostitutas y de los amantes fuera del matrimonio. Hay que tener en cuenta que el matrimonio existía en Babilonia, pero era un acuerdo con un fin económico y para perpetuar la sociedad, pero en el que la infidelidad amorosa, romántica no se tenía en cuenta, ni se consideraba. Por lo que tenía sentido que una diosa como Ishtar tuviera un papel tan relevante en esta civilización. Por su vinculación amatoria, se la representaba completamente desnuda. Al ser también diosa de la guerra, solía estar acompañada de leones aguerridos.

Bronce Carriazo (625-525 a.C.). Museo Arqueológico de Sevilla.

Tal influencia tuvo que acabó reflejándose en la cultura fenicia con la diosa Astarté. Los fenicios, como bien sabemos, eran grandes comerciantes y cuando transfieres productos, acabas también transmitiendo tus costumbres y creencias. Tal es así, que en la península ibérica se pudo encontrar una pieza de incalculable valor, la que fue conocida como Bronce Carriazo. Esta obra tartésica, datada entre el 625 y el 525 a.C., fue descubierta por el arqueólogo Juan de Mata Carriazo en el sevillano mercadillo de “El Jueves” en los años 50 del pasado siglo. En él podemos ver representada a la diosa fenicia Astarté, pero adaptada al modelo egipcio, que veremos a continuación, de la diosa Hathor. Como hemos dicho anteriormente, pese a ser de origen fenicio la diosa ha sido asimilada por otra cultura, en este caso la tartésica, que la vincula a la naturaleza, por eso aparecen las dos aves custodiando a la deidad.

Compartiendo espacio de tiempo, el mundo egipcio también tenía su divinidad vinculada al amor. Aunque ya hemos dicho su nombre, vamos a mencionar primero al origen, que se remonta a la diosa Qadesh o Kadesh, de origen semítico y que los egipcios asimilarán, como otras muchas deidades, pero dándole la categoría de diosa del amor y renombrándola, ahora si, como Hathor, la diosa lunar (de nuevo, vinculada con los astros).

Paleta de Narmer (s. XXXI a.C.). Museo Egipcio de El Cairo.

Hathor tenía dos representaciones. Una, como una vaca por su carácter maternal, y otra, la más común, como una mujer con cuernos de vaca, en recuerdo de esa otra representación y con el disco solar sobre su cabeza. En la Paleta de Narmer (s. XXXI a.C.) aparece en la parte superior en dos ocasiones como una vaca con unos pronunciados cuernos. En esta obra podemos ver cómo el rey Narmer vence a uno de sus enemigos, en una de las batallas por conquista el delta del Nilo.

De la diosa siempre se resaltaba su lado sensual y femenino con el fin de procrear. Cuando se le representa como vaca, en muchas ocasiones, aparece amamantando al faraón de pequeño. Así conseguía atribuir la divinidad al futuro mandatario. Tal fue su influencia, que su rostro y peinado característico llegó a trasladarse a los capiteles de las columnas, los denominados capiteles hatóricos, como son el caso de los del templo funerario de Hatshepsut.

El nacimiento de Venus. Botticelli (h. 1485). Galería de los Uffizi.

Todas estas deidades también tendrán su reflejo en el mundo clásico, como no podía ser de otra forma. En Grecia, Afrodita, y más tarde Roma, que la asimilará como Venus, serán las divinidades del amor. Todavía siguen manteniendo su vinculación sexual y erótica que tenían las culturas mesopotámicas. Hay que recordar el acontecimiento del nacimiento de Afrodita (Venus), que ha sido tan representado a lo largo de la Historia del Arte. Partimos de que Crono cortó uno de los genitales de Urano con una hoz (por eso al primero se le representa con ese atributo), yendo a caer éste en el mar, cerca de Chipre. Cuenta Hesíodo en la Teogonía que, de ese contacto con el mar, surgió una espuma blanca, de la que nació una mujer ya adulta, Venus. Es evidente la vinculación sexual del mito.

Una diosa que sigue la estela marcada anteriormente por deidades como Inanna o Ishtar, las siervas que se encontraban en los templos dedicados a Afrodita, en algunas zonas, eran prostitutas sagradas que así rendían culto a la fertilidad y la procreación. Distinto sería el mundo romano, donde Venus ya deja de ser una diosa tan sensual, como refleja la Eneida de Virgilio. Aquí es cuando aparece una figura que suele aparecer por todos lados en el día de los enamorados, Cupido. Quien se considera que es hijo de Venus y Marte. Posiblemente, Venus haya sido una de las figuras más representadas en la Historia del Arte, ya que su vinculación al mundo del amor permite representar el desnudo de una mujer, acto que sería complejo con la llegada de una nueva mentalidad, la que introdujo la cultura cristiana.

Santísimo Cristo del Amor. Juan de Mesa (1618-1620). Foto: Fernando Amorillo.

Y es que para el mundo cristiano, y aquí vamos a ir cerrando el capítulo, la fuente de amor principal era Cristo y su Madre, con un marcado carácter virginal. Ya no es una figura femenina únicamente y, sobre todo, ya no hay un reflejo del amor carnal, ni mucho menos sexual. Pasa a ser un amor fraterno, sentimental, del que es capaz de dar la vida por todos los demás. Eso no quita que los artistas del momento acudieran precisamente a fuentes antiguas, como es el caso del mundo clásico, para representar el amor a través de figuras como las de Afrodita y Venus, que fueron reinterpretadas en multitud de ocasiones y por parte de los mejores artistas de cada momento.

Pelícano del Amor. Francisco Antonio Ruíz Gijón (1694). Foto: Maldonati.

Pero centrándonos en el mundo católico, esa sería la definición de amor. La que personifica Cristo. Así lo podemos ver en multitud de obras, como es el caso del Santísimo Cristo del Amor, de Juan de Mesa (1618-1620), que se puede contemplar en la iglesia colegial del Divino Salvador, de Sevilla. Una imagen que, como describiera José Hernández Díaz es “una figura imponente, con el dramatismo y monumentalidad del Laocoonte”. Jesús muerto en la cruz por amor a los suyos, capaz de entregar su propia vida para perdonar al resto del mundo. Un mensaje que queda reflejado a la perfección con la interpretación metafórica que se coloca en su paso procesional a los pies de la cruz. Un pelícano que se abre el pecho para dar de comer a sus hijos. El símbolo del amor fraterno.


BIBLIOGRAFÍA

  • ARMOUR, Robert: Dioses y mitos del Antiguo Egipto. Madrid. 2014.
  • HERNÁNDEZ DÍAZ, José, Juan de Mesa, escultor de imaginería (1583-1627), Sevilla, 1972.
  • HESIODO: Teogonía. Barcelona. 2015.
  • LARA PEINADO, Federico: Mitos de la Antigua Mesopotamia. Madrid. 2017.
  • RUIZ DE ELVIRA PRIETO, Antonio: Mitología Clásica. Madrid. 2015.
  • VIRGILIO: Eneida. Barcelona. 2015.

Álvaro Iglesias Galán

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