Un breve viaje al expresionismo abstracto

"El pasado es indestructible. Tarde o temprano las cosas vuelven." José Luis Borges




Todos conocemos la espiritualidad de las virtuosas obras de Kandinsky, Malevich o Mondrian. Obras de una extraña y subyugante belleza, que por aquel entonces tanto descolocaron a seres cuyo gusto se zambullía aún en los dogmas académicos. La primera abstracción fue un bélico combate para subyugar las aún persistentes doctrinas del clasicismo. Sin embargo, la metafórica lucha no había hecho más que empezar y los artistas se hallaban preparados para una segunda ronda. 


Hilma Af Klint, ‘The Swan Nº12’, 1915.

Las obras de Af Klint se desenmascararon a principios del siglo XXI, la historiografía artística actualmente debate si podemos referirnos como la pionera de la abstracción.

  Mientras Europa sufría las vicisitudes de la segunda guerra mundial, el arte en los Estados Unidos de Roosevelt difuminó su propia identidad. Un arte desprovisto de todo tipo de amarras, liberado por fin de las cadenas de una era pasada. El joven artista norteamericano soñaba con mostrarle al cosmos el lenguaje propio que esbozaba en el interior de sus colosales lienzos. Fue la génesis de la nueva y fulgurante abstracción caracterizada por ese cambio de situación del arte y de los artistas en el seno de un núcleo cívico. No obstante, años atrás, artistas como el añorado Arshile Gorky, influenciado por las primeros -ismos baso su obra pictórica en una simbiosis entre la Abstracción y el Surrealismo, dando a luz a una prosa pictórica donde aunaba la reproducción mecánica y el concepto de obra única. Sus obras dieron paso a creaciones jamás atisbadas por los jueces norteamericanos, acostumbrados al Realismo Social de Edward Hopper -tan realista en tiempos de pandemia- o al virtuoso y elegante Fairfield Porter

Arshile Gorky, ‘Image in Khorkom’, 1936

Fairfield Porter, ‘Amherst Campus Nº1’, 1969.

La primera representación que tomo el expresionismo abstracto fue la pintura de campo de color. Un estilo individual donde el color se hallaba dispuesto por franjas y jamás quedaba delimitado. El color en su melancólica soledad es protagonista de cada pieza de arte. Esta rama de la nueva abstracción combina colores de la forma más orgánica posible, transmitiendo un incalculable sentimiento de paz y armonía sobre el espectador. Trataron substancialmente de experimentar hasta el límite con las posibilidades del color: interacciones cromáticas, yuxtaposición de tonalidades entre otras innovaciones a manos de Rothko o Ellsworth Kelly que, hoy en día, siguen descolocándonos.

 En cambio, poco después el nuevo lenguaje abstracto tomo la senda de la política, colocándose una nueva armadura y, dejando de lado al majestuoso y esquemático Color-Field. El impacto de la segunda guerra mundial hizo concienciar a los artistas y decidieron mediante sus obras transportar el sentimiento subjetivo al lienzo. Se trata de una revolución apoteósica y, al mismo tiempo una sutil continuidad. Bien que resulte incongruente, la clásica mimesis que tanto deseaban adquirir los artistas helenísticos se cotejara también en la obra abstracta. Nos hallamos ante la mimesis, esa apariencia de los sentimientos del creador; lo que estima, lo que observa, lo que le aterra, emociona o encoleriza, se plasma lírica y furiosamente en el interior de la superficie bidimensional. El segundo paso de la nueva abstracción creará un universo en el interior de los lienzos, capaces de lograr que, el mismísimo público navegue en el turbulento intimismo de la psique del artista.

Pictóricamente hablando, somos testigos de una obra cuyos trazos podríamos fácilmente adjetivar de: gruesos, desenfadados, desquiciados y cargados de ímpetu. Trazos que dejan entrever el ingreso a un arte salvaje, un arte radical capaz de germinar en él espectador un acongojo indescifrable. El artista trabaja sobre las disparejas telas cuyas dimensiones eran descomunales, reutilizadas la mayor parte de las veces dejando entrever en su espectador que esa misma tela, alegoriza su desgastada mente, una mente entre manchas de café con un fondo sonoro donde se escuchan melodías entonadas por Frank Sinatra.  Será una ruptura total con el género pictórico, puesto que la superficie de gran tamaño, antes, se hallaba exclusivamente reservada para el retrato. El norteamericano Barnett Newman ya burlo al academicismo presentando sobre una tela de más de cinco metros su sublime ‘Zip’. ‘Zip’, es sin lugar a duda, una de las obras que más me enamoran del Arte norteamericano por diversos motivos.  Newman consigue desafiar las leyes de la moralidad artística, presentando una línea de color (depende de la serie será roja, negra o azul) sobre un apoteósico fondo monocromático, trasfiriendo una atmósfera celestial. Estas austeras soluciones no son en el fondo más que un preludio al futuro arte minimalista, surgente tras la congelación del expresionismo abstracto. 
En este trepidante juego de la oca que es la historia del arte, han ido cayendo en la casilla de la muerte una caterva de artistas, en especial mujeres artistas, como Lee Krasner (apodada como ‘la mujer de Pollock’, que lo fue, pero no debemos reducirla a ello) dominó, lamentablemente, en un segundo plano la esfera neo expresionista. La obra de Krasner es tan delicada como la alcohólica psique de su marido. La mujer del expresionismo abstracto entamo su producción artística con collages al estilo Raushenberg, no obstante, su obra dio un giro de 360 grados cuando se decantó por los poéticos sollozos de la nueva abstracción americana. La majestuosa maestra apodo la gran parte de sus obras como ‘paisajes’, dando a ese punto de inflexión que supuso este movimiento, los primeros destellos de demencia. ¿Cómo es posible ejecutar un paisaje sin asemejarnos a las pinceladas impresionistas, que ya marcaron un radical cambio de paradigma en su día? Por este mismo motivo, quizá pasemos de hablar de un paisaje al estilo naturalista de Renoir con su ‘Grenouillère’ a dialogar sobre un paisaje que roce el inconsciente y las pesadillas del ser humano.

Lee Krasner, ‘Gothic Landscape’, 1961

Una obra sobre lo efímero, sobre los desquicios y los instantes de fugacidad que duran un suspiro y, sin embargo, se nos quedan grabados con el estridente óleo en la mente. Lienzos realizados por el disparejo y genuino Jackson Pollock. Obras irrepetibles que, no solo llamaron la atención por ese carácter dinámico, pues supusieron un fastuoso retrato generacional o espíritu de la época. No deseo abarcar exhaustivamente las creaciones de Pollock, pues reputo que hasta aquel ser humano cuyo interés por la Historia del arte se halle bajo cero, cristaliza vagamente los drippings (salpicaduras) que confeccionaba desordenadamente entre botellas de coñac y cajas de Marlboro Gold. 


Jackson Pollock, ‘Uno número 31’, 1950.

El padre del action-painting o tachismono supuso una fuente de inspiración para todos los artistas que se sumaron a la causa de dotar al arte de un carácter espontáneo, donde los cuadros debían ejecutarse con la misma rapidez que la aceleración de un automóvil de carreras (que ya mencionaban los futuristas medio siglo atrás). Ciertos artistas como el rememorado Robert Motherwell o el tachista francés Pierre Soulages dotaron sus obras de un sutilísimo que podrían asemejarse a las pinceladas de los haikús japoneses.
En cambio, para culminar esta reflexión, veo conveniente, con el objetivo de acercarme más al lector, apuntar ciertos rasgos de Franz Kline, el norteamericano que tantos corazones conquisto, entre ellos el mío, con sus formas blancas. Considerado un artista entre el minimalismo de Donald Judd y el expresionismo de sus contemporáneos. En sus virtuosas obras, jugará con la soledad de la línea negra sumergida en el poltergeist blanco. Kline, es considerado el artista que, con más elegancia pudo mimetizar el canon estético que se planteó con la nueva abstracción. Obras de una sabiduría tan enigmática e indescriptible, como la escena del filme que tanto te marco o el psicodélico eco de un trozo de una pieza de Impala. Supongo que será una tarea difícil rebuscar una reflexión en el arreglo atmosférico de Kline, una energía de pura alegría entre lo tangible y lo inexplorable.

Franz Kline, ‘Formas blancas’, 1955.

Citar a Borges en el inicio no es por pura casualidad, el pasado viene para quedarse metamorfoseando el sentido de la abstracción, nuestro futuro es pensar en el pasado, el pasado es mi futuro. No obstante, la tercera pseudo ola de la abstracción llegó junto a la segunda ola del Arte pop norteamericano a manos de artistas como Jean-Michel Basquiat y sus grafitis con carga poética, satírica y filosófica, poniendo en relieve sus raíces afroamericanas. Las amenazantes creaciones de Basquiat no navegaran en solitario. El nuevo expresionismo abstracto paseará de la mano con el cándido y feliz grafiti de Keith Haring (también con una refinada carga política)  que se acerca, por su gama cromática (y solo por ello) al arte pop al puro estilo de Hockney. Ya no se habla de un movimiento aislado, el mundo del arte es un cosmos donde los desemejantes átomos bailan y mueren de la mano.

‘Untitled (from icon series)’, Keith Haring, 1990.
BIBLIOGRAFÍA
Calvo Serraller, Francisco (2014): El Arte contemporáneo, Madrid, España.
Cirlot, Lourdes (1995): Historia Universal del arte: Últimas tendencias, Ediciones planeta, Madrid, España.
Gombrich, Ernst (1997) : La historia del arte, Phaidon, Madrid, España.
Gompertz, Will (2017) : ¿Qué estas mirando? 150 años de Arte moderno en un abrir y cerrar de ojos, Madrid, España.
Hodge, Susie (2019):The short story of art, Laurence King Publishing, Londres, Reino Unido.
Sergio Sanchís-Pérez

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