El antes y después de la Iglesia de Santa Ana en Torrealta





Entre el 9 y el 22 de julio tuvo lugar el programa universitario “Jornadas de recuperación de artesanías valencianas”, enfocado a estudiantes de diversas especialidades como Historia del Arte o Restauración, siendo este año su decimotercera edición. Este programa consiste en la recuperación y restauración de iglesias a lo largo del territorio valenciano.

Durante los cuatro últimos años, la iglesia a restaurar ha sido la Iglesia de Santa Ana, en Torrealta, en el Rincón de Ademúz. Tal y como se enseñó en el directo, hemos sido un equipo formado por numerosos estudiantes, y hemos invertido una gran cantidad de horas en darle un lavado de cara a esta iglesia del siglo XV, si bien la parte que hemos intervenido nosotros han sido las capillas, del siglo XIX.

Todos nos hemos llevado grandes lecciones, así como un aprendizaje práctico que, añadido a los preceptos teóricos, nos ha hecho más competentes en nuestros campos.

Las labores que realizamos fueron diversas, pero todas igual de importantes. He aprendido que, en la restauración, cada detalle cuenta. En este caso, al ser la restauración de una arquitectura, tuvimos que llevar a cabo un fuerte trabajo de consolidación de las paredes. Esto se traduce en varios días de quitar capas de pintura humedecida que había saltado de la pared, alisarla por completo a base de lijar durante horas, rellenar los espacios con masilla (incluso los que no son perceptibles para el ojo pero sí para el tacto) y finalmente pintar, hasta que quede uniforme.

Ha sido un trabajo en el que ha sido vital la constancia, la auto superación y la paciencia. ¿Qué quiero decir con esto? Básicamente, que había que realizar procesos muy repetitivos que en ocasiones no salían bien a la primera ni a la segunda, y todos hemos tenido que seguir intentándolo hasta conseguir ver el resultado esperado.

A parte de los trabajos de consolidación mural, hemos tratado la madera de la escalera (quitando las adiciones del 1950 aproximadamente), hemos revitalizado la hornacina de una de las capillas, hemos recolocado las obras pictóricas que habían en el templo, y hemos trasladado la misma decoración que se encuentra en las iglesias de los pueblos vecinos, dada la carencia decorativa de esta iglesia en consecuencia a su estado de ruina.

Entre las labores más interesantes está la de dorar, que consiste en añadir barniz al elemento a dorar, poner encima el papel de oro y finalmente retirar el exceso con una brocha. También el perfilado de galones, que requería igualmente de mucho pulso.

En conclusión, creo que esta experiencia es muy importante para cualquier apasionado del arte. Te ofrece un punto de vista distinto, te otorga un poco de criterio al analizar una obra de arte y poder valorar si su conservación y restauración ha sido la adecuada. Al haber vivido en primera persona lo costoso de la manutención del patrimonio histórico-artístico, se aprecia más fácilmente un trabajo bien hecho en grandes obras como pudieran ser el Pórtico de la Gloria, pero también cualquier pequeña iglesia sin renombre.

A nivel sentimental, como historiadora del arte, aportar a la recuperación del patrimonio nacional es un honor y una sensación que no se puede describir. Es llevar a la práctica todo lo que se aprende en la teoría. Es poder disfrutar, desde el anonimato, de la certeza de que durante muchos años, otras generaciones podrán disfrutar de una obra arquitectónica que podría haber desaparecido de no ser por la intervención altruista de muchos alumnos a lo largo de los años. Es, al fin y al cabo, contribuir a la pasión por el arte y a que esa pasión llegue a cuanta más gente, mejor.

Por eso, gracias a todos los restauradores que hacen posible que nosotros, desde el amor por el arte, podamos seguir admirando y amando obras que podrían haberse extinguido si no fuese por su labor. 



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